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Categoría: Mitos El mito de Rómulo y Remo pertenece a la mitología romana: hermanos gemelos señalados como fundadores de Roma. Aunque la leyenda fue transmitida oralmente desde el siglo IV a .C., la primera versión escrita data del siglo III a .C., atribuida a historiadores latinos como Quinto Fabio Pictor, Livio, Plutarco y Dionisio de Halicarnaso. Estos autores recogen una mezcla de elementos grecorromanos y ritos arcaicos. Datos interesantes
Breve descripción narrativa Introducción: los gemelos nacen de Rhea Silvia y el dios Marte; su tío Amulio los pierde ordenando su abandono. Nudo: rescatados por la loba y criados por un pastor, descubren su origen y vencen a Amulio. Luego deciden fundar una ciudad y disputan dónde hacerla. Desenlace: Remo salta burlón sobre las murallas Rómulo levanta; Rómulo lo mata y funda Roma, convirtiéndose en su primer rey. Personajes principales
Rómulo y Remo Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando Roma no existía y todo era campo y colinas, hubo una ciudad llamada Alba Longa. Allí reinaba un hombre bueno y justo llamado Numitor, descendiente directo del héroe troyano Eneas, quien había llegado a Italia después de huir de la destrucción de Troya. Pero Numitor tenía un hermano ambicioso, Amulio, que quería el trono para él solo. Un día, Amulio decidió quitarle el poder a su hermano. Lo expulsó y se proclamó rey. Pero eso no fue todo: para asegurarse de que nadie de la familia de Numitor pudiera reclamar el trono, obligó a su sobrina, Rhea Silvia, a convertirse en sacerdotisa de la diosa Vesta. Eso significaba que debía hacer un voto de castidad y no podía tener hijos. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche, según cuenta la leyenda, el dios Marte, el dios de la guerra, se apareció a Rhea Silvia y de esa unión nacieron dos niños gemelos: Rómulo y Remo. Cuando Amulio se enteró, se llenó de miedo y furia. Si esos niños crecían, podrían derrocarlo. Así que ordenó que los bebés fueran arrojados al río Tíber, para que murieran ahogados y nadie pudiera salvarlos. Pero los dioses seguían vigilando. El río Tíber estaba crecido y fuerte, pero en lugar de arrastrar la canasta donde estaban los bebés, la depositó suavemente en la orilla, cerca de una higuera sagrada. Allí ocurrió algo asombroso: una loba, guiada por el instinto o tal vez por voluntad divina, los encontró. En lugar de hacerles daño, los cuidó como si fueran sus propios cachorros. Los amamantó en una cueva conocida como el Lupercal, al pie del Monte Palatino. Poco después, un pastor llamado Faustulo y su esposa, Acca Larentia, encontraron a los niños junto a la loba. Conmovidos, los llevaron a su casa y los criaron como si fueran sus propios hijos. Los niños crecieron fuertes, valientes y con un gran sentido de justicia. Nadie sospechaba su verdadero origen. Pasaron los años, y Rómulo y Remo se convirtieron en jóvenes intrépidos. Defendían a los pastores, enfrentaban ladrones y se ganaban el respeto de todos. Un día, durante una pelea con unos hombres que robaban ganado, Remo fue capturado y llevado ante el rey Amulio. En la corte, la verdad empezó a salir a la luz. Faustulo, quien sospechaba desde hacía tiempo quiénes eran los gemelos, contó a Rómulo la historia de su origen. Entonces Rómulo corrió a Alba Longa para rescatar a su hermano. Allí, con la ayuda de Numitor —su abuelo— y los ciudadanos que aún lo respetaban, los gemelos lideraron una revuelta contra Amulio. El tirano fue vencido, y Numitor recuperó el trono que le pertenecía. Después de este triunfo, Rómulo y Remo sintieron que su misión no había terminado. Querían fundar una nueva ciudad, una ciudad que representara su historia, su fuerza y su libertad. Buscaron el lugar perfecto, y ambos se enamoraron de la región donde habían sido salvados: las colinas junto al río Tíber. Pero aquí comenzó una nueva discusión: ¿en qué colina construirían la ciudad? Rómulo quería hacerlo en el Monte Palatino, el mismo lugar donde la loba los había salvado. Remo, en cambio, prefería el Monte Aventino, desde donde se veía mejor el paisaje. Como no se ponían de acuerdo, decidieron hacer un concurso de augurios, una tradición antigua para conocer la voluntad de los dioses observando a las aves. Remo subió al Aventino y vio seis aves. Rómulo subió al Palatino y vio doce. Cada uno dijo que los dioses estaban de su lado, y la discusión empeoró. A pesar de todo, Rómulo comenzó a trazar los límites de su ciudad en el Palatino, marcando con un arado la línea sagrada de lo que serían las futuras murallas de Roma. Remo, molesto, saltó burlonamente sobre el surco sagrado, como si nada significara. En la mitología, eso fue una grave falta de respeto. Rómulo, enfurecido, lo mató. Hay versiones que dicen que lo hizo por impulso, otras que un seguidor suyo lo hizo. Lo cierto es que la muerte de Remo dejó a Rómulo triste pero decidido a continuar con su sueño. Así, el 21 de abril del año 753 a. C., Rómulo fundó la ciudad de Roma, nombrada en su honor. Pero fundar una ciudad no era solo trazar murallas. Rómulo invitó a hombres de todas partes, incluso a criminales y esclavos fugitivos, para poblarla. Sin embargo, había un problema: ¡no había mujeres! Entonces, Rómulo ideó un plan. Organizó unos juegos y festivales en honor a Neptuno y invitó a los pueblos vecinos, especialmente a los sabinos. Cuando todos estaban distraídos viendo el espectáculo, los romanos raptaron a las mujeres sabinas para convertirlas en esposas. Esto desató una guerra entre los sabinos y los romanos. Pero las propias mujeres, ahora esposas y madres, se interpusieron entre los ejércitos para evitar una batalla. Llorando, pidieron paz y reconciliación. Gracias a su valentía, los pueblos se unieron, y Rómulo compartió el trono con el rey sabino Tito Tacio, gobernando juntos durante un tiempo. Rómulo gobernó Roma durante muchos años. Fundó el Senado, organizó el ejército y estableció muchas leyes y costumbres. Fue un líder fuerte, aunque a veces severo. Su figura creció tanto que, un día, mientras revisaba a sus soldados en el campo de Marte, una tormenta lo envolvió en una nube espesa, y desapareció para siempre. Algunos creyeron que había muerto. Otros decían que fue llevado al cielo por los dioses. Poco después, un ciudadano llamado Proculo Julio aseguró haberlo visto en sueños: Rómulo se había transformado en un dios y ahora se llamaba Quirino, protector de Roma. Y así terminó la historia del niño abandonado que fue salvado por una loba, y que con esfuerzo, valor y determinación, fundó la ciudad que conquistaría el mundo: Roma. Preguntas de comprensión lectora
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