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Categoría: Cuentos “La ratita presumida” es un cuento popular español cuya autoría se atribuye a la tradición oral, recopilado por varios folcloristas a lo largo del siglo XIX. No tiene un autor único confirmado, sino que aparece en antologías de cuentos tradicionales, como los de los hermanos Grimm en su versión alemana similar (“Die Haselmaus”) y adaptaciones en la literatura infantil hispana. Se estima que existen más de 20 adaptaciones impresas, una decena de versiones animadas (dibujos y cortometrajes) y múltiples representaciones teatrales infantiles. Datos interesantes
Resumen breve
Personajes principales
La ratita presumida Érase una vez una pequeña ratita que vivía sola en una bonita casita al borde de una plaza tranquila del pueblo. Su hogar, aunque modesto, era limpio, ordenado y lleno de pequeños detalles que demostraban su buen gusto: cortinas de encaje en las ventanas, cojines bordados con flores diminutas, y tazas de porcelana para tomar el té. La ratita era muy pulcra, le gustaba barrer cada rincón de su hogar con su escobita de paja y todo el día se la pasaba cuidando de su casa, de su aspecto y de sus flores del jardín. Una mañana, mientras barría el umbral de su puerta como hacía todos los días, algo brilló entre el polvo. —¡Uy! ¿Qué es esto? —exclamó con curiosidad la ratita, dejando la escoba a un lado. Se agachó y, con sus patitas cuidadosas, recogió una brillante moneda de oro. No era muy grande, pero sí suficiente como para darse un pequeño lujo. Sus ojitos brillaron. —¡Una moneda! ¡Qué suerte tengo! ¿Qué haré con ella? ¿La guardaré en mi cajita secreta? ¿La esconderé bajo la almohada? Pero pronto su imaginación empezó a volar. —No, no, no... Mejor me compraré algo bonito. Algo que me haga ver más hermosa aún. ¡Ya sé! Me compraré un lazo de seda para mi colita. Y dicho y hecho, se fue saltando alegremente por las calles del pueblo, con su moneda bien sujeta entre las manos, en busca de la tienda más elegante. Finalmente, en una tienda de telas encontró el lazo perfecto: rosa pastel, con bordes dorados y tan suave como una nube. —¡Este es el que quiero! —dijo con una sonrisa encantadora. Volvió a casa con el lazo en la pata, lo amarró con delicadeza a la punta de su colita y se miró una y otra vez en el espejo. —¡Qué bonita estoy! ¡Pareceré una reina! —decía girando de un lado a otro, encantada con su reflejo. La noticia de que la ratita se había puesto aún más guapa corrió como el viento por todo el barrio. Y como suele pasar, no tardaron en llegar los pretendientes. Todos querían casarse con la ratita hermosa de lazo nuevo. El primero en aparecer fue el señor Gallo, con su pecho inflado y su cresta bien peinada. —Cocorocó, cocorocó, ¡ratita linda! ¿Quieres casarte conmigo? La ratita, muy cortés, lo saludó. —Buenos días, señor Gallo. ¿Y qué harías tú por las noches mientras yo duermo? —¡Cantaría! Cocorocó, cocorocó, ¡para que sepas que estoy ahí! La ratita frunció la nariz. —Uy, no, no, no... ¡con ese escándalo no podría dormir! Y cerró la puerta con delicadeza. Poco después llegó el Perro, caminando con paso firme, con su correa de cuero reluciente. —¡Guau, guau! Querida ratita, ¿querrías casarte conmigo? —Buenos días, señor Perro. ¿Y qué harías tú por las noches mientras yo duermo? —¡Ladraría para espantar a los ladrones! ¡Guau, guau! La ratita se estremeció. —Uy, no, no, no... ¡con ese ruido tampoco podría dormir! Y lo despidió amablemente. Más tarde apareció el Gato, de pelaje suave, ojos brillantes y paso elegante. Se acercó con una flor entre los dientes. —Miau, miau, bellísima ratita. ¿Me darías el honor de ser tu esposo? La ratita parpadeó, algo intrigada. —Buenos días, señor Gato. ¿Y qué harías tú por las noches mientras yo duermo? El gato sonrió con picardía. —Dormiría contigo... o tal vez... cazaría. Eso hizo que la ratita se alejara unos pasos. —Uy, no, no, no... ¡me da miedo lo que podrías hacer! Y cerró la puerta con más rapidez esta vez. Así pasaron varios días, y uno tras otro fueron llegando pretendientes: el Cerdo, el Burro, el Pavo, el Caballo, y hasta el Mono trapecista del circo, todos querían casarse con la ratita presumida, pero ninguno la convencía. Todos tenían alguna característica que a ella no le gustaba: o hacían demasiado ruido, o eran muy serios, o se veían peligrosos. Y además, ninguno tenía una voz agradable. Un día, cuando ya casi no esperaba más visitas, llegó el Ratón Pérez, elegante, discreto, y con una sonrisa tímida. —Buenas tardes, señorita ratita —dijo con voz suave—. He oído hablar de su dulzura y su buen gusto. Me preguntaba si aceptaría casarse conmigo. La ratita, curiosa, le hizo la misma pregunta. —¿Y qué harías tú por las noches mientras yo duermo? El ratoncito pensó unos segundos y respondió con sinceridad: —Dormiría a tu lado, en silencio. O si lo prefieres, cuidaría de la casa mientras tú descansas. Pero jamás haría ruido. La ratita sonrió por primera vez de verdad. —¡Qué voz tan dulce tienes! Y eres muy respetuoso. Me agradas. Y así fue como la ratita aceptó casarse con el Ratón Pérez. Prepararon juntos una pequeña boda, decoraron el jardín con flores de colores, hornearon pastelitos de queso y se invitaron a todos los vecinos. Fue un día hermoso. Todos bailaron, cantaron y celebraron con alegría. La ratita estaba feliz, y el ratoncito no dejaba de mirarla con ternura. Pero no todo sería tan perfecto… Una mañana, poco después de la boda, la ratita salió al mercado a comprar queso, y el Ratón Pérez se ofreció a preparar la sopa del día. —Tú ve tranquila, querida. Yo me encargo de la comida —le dijo. La ratita le dio un beso en la mejilla y se marchó contenta. Mientras cocinaba, el Ratón Pérez subió a un taburete para revolver la olla con una cuchara de madera. El aroma era delicioso, pero el humo empezaba a subir. Y como era tan pequeño, no se dio cuenta de que la olla estaba hirviendo más de la cuenta. De pronto, resbaló y… ¡plaf! Cayó dentro de la olla. Cuando la ratita regresó, no encontró a su esposo. Buscó por toda la casa, llamó su nombre, y finalmente notó algo raro en la sopa. Al removerla, encontró su sombrerito flotando. —¡Ay, mi amorcito! —gritó entre lágrimas. Pero no era demasiado tarde. El ratoncito salió de la olla tosiendo y con los bigotes quemados. —¡Estoy bien! Solo me resbalé… creo que cocinar no es lo mío. Y ambos rieron con alivio. Desde entonces, acordaron cocinar siempre juntos. La ratita ya no pensó solo en lo bonito, sino en lo importante: el respeto, el cariño y la compañía. Y así vivieron felices, con risas, con queso, y mucho, mucho amor. Preguntas de comprensión
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