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Categoría: Cuentos “La Bella Durmiente” es uno de los cuentos de hadas más antiguos y conocidos de la literatura europea. Su origen se remonta a tradiciones orales medievales, pero fue recogido y popularizado por diversos autores. La versión más famosa es la de Charles Perrault (1697) titulada "La Belle au bois dormant" y la de los Hermanos Grimm (1812) bajo el nombre “Dornröschen” (La rosa de espino). Sin embargo, ya existía una versión italiana previa de Giambattista Basile llamada "Sol, Luna y Talía" (1634). Este cuento ha sido adaptado en innumerables ocasiones: en literatura, teatro, ballet (por Piotr Ilich Chaikovski), cine (como el clásico de Walt Disney en 1959) y series animadas. Existen más de 50 versiones fílmicas y televisivas conocidas, sin contar las parodias y reinterpretaciones modernas. Datos interesantes
Descripción breve de la historia Introducción: Un rey y una reina reciben con alegría el nacimiento de su hija, Aurora. Organizan una gran fiesta e invitan a las hadas del reino para bendecir a la niña. Nudo: Una malvada hada, ofendida por no haber sido invitada, lanza una maldición: la princesa se pinchará el dedo con una rueca y morirá. Sin embargo, un hada buena modifica el hechizo: la princesa no morirá, solo dormirá durante cien años hasta que un príncipe la despierte con un beso. Desenlace: Después de un siglo, un valiente príncipe llega al castillo oculto tras un espeso bosque, vence los obstáculos y besa a la princesa, rompiendo el hechizo. Aurora despierta, al igual que todos en el reino, y el cuento culmina con su boda. Descripción de los personajes principales
La Bella Durmiente Había una vez un reino lejano rodeado de verdes montañas, ríos cristalinos y grandes bosques encantados. Sus habitantes vivían felices bajo el gobierno de un rey y una reina justos, que amaban profundamente a su pueblo. Sin embargo, su mayor tristeza era no tener hijos. Durante años, desearon con todo su corazón poder abrazar a un heredero que alegrara el palacio con sus risas. Una mañana, mientras la reina paseaba junto a una fuente en el jardín real, apareció de entre las flores una pequeña rana de voz mágica: —Oh, majestad —croó la rana—, no desesperes más. Antes de que transcurra un año, traerás al mundo una hija tan hermosa que su luz llenará todo el reino. La reina, sorprendida y emocionada, corrió a contarle la profecía al rey. Y en efecto, pocos meses después, nació una niña de ojos brillantes y cabellos dorados. Fue llamada Aurora, porque nació al amanecer, cuando el cielo se tiñe de rosa y oro. El rey organizó una celebración sin igual: llegaron reyes de tierras lejanas, nobles, músicos, acróbatas y, lo más importante, las hadas del reino. Había trece hadas en total, pero como el rey solo tenía doce platos de oro puro para servirles, una de ellas no fue invitada. Las doce hadas presentes comenzaron a otorgar dones maravillosos a la princesa: belleza sin igual, voz melodiosa, inteligencia aguda, pasos de danza ligeros como el viento, amabilidad, dulzura y valentía, entre otros. Cuando la undécima hada pronunció su don, las puertas del salón se abrieron de golpe. Apareció la decimotercera hada, vestida de negro y con rostro severo. Sus ojos relampaguearon de furia. —¡Cómo os habéis atrevido a excluirme! —gritó con voz que heló la sangre de todos—. Por vuestro desprecio, la princesa Aurora se pinchará el dedo con una rueca al cumplir quince años... ¡y morirá! El silencio cayó sobre el salón como una losa de piedra. Pero aún faltaba una hada por hablar: la duodécima, que no había concedido su don. —No puedo deshacer del todo el hechizo, pero puedo suavizarlo —dijo serenamente—. La princesa no morirá, sino que caerá en un sueño profundo que durará cien años. Al cabo de ese tiempo, un príncipe valiente vendrá y la despertará con un beso de amor verdadero. El rey, decidido a evitar la desgracia, ordenó de inmediato que todas las ruecas del reino fueran destruidas. Durante días y noches, los soldados buscaron en cada casa, en cada rincón, hasta que no quedó ni una sola rueca. Pasaron los años. Aurora creció sana y feliz, lejos de toda preocupación. Su belleza era tal que los animales del bosque la seguían cuando paseaba, y las flores parecían inclinarse a su paso. Los súbditos la amaban; los criados del palacio decían que nunca hubo una princesa tan buena y risueña. En la víspera de su decimoquinto cumpleaños, Aurora sintió curiosidad por las torres del castillo. Subió por escaleras de caracol que nunca antes había recorrido. Allí, en una cámara olvidada en lo alto, encontró a una anciana hilando lana en una rueca. —Buenos días, abuela. ¿Qué haces? —preguntó la princesa. —Hilo lana, niña bonita —respondió la mujer con una sonrisa—. ¿Quieres intentarlo? Aurora, sin saber lo que hacía, tocó la rueca. En cuanto su dedo rozó la afilada aguja, sintió un punzante dolor... y cayó al suelo, dormida al instante. El hada buena, que todo lo vigilaba, apareció en el castillo. Comprendiendo que el hechizo se había cumplido, decidió extender el sueño a todo el palacio: los reyes, los criados, los caballos en las caballerizas, los perros en los jardines, las palomas en las torres... todos cayeron en profundo sueño. Incluso el fuego de las chimeneas se apagó, y los relojes dejaron de marcar el tiempo. En torno al castillo, un espeso bosque de zarzas creció hasta cubrir por completo las torres más altas. Pasaron décadas, luego generaciones. Los viejos en las aldeas contaban la leyenda de la princesa dormida detrás del muro de espinas. Muchos príncipes valientes intentaron atravesarlo, pero las zarzas los atraparon, los hirieron o los hicieron perderse para siempre. Pero cien años después del hechizo, un joven príncipe llegó al reino. Escuchó la historia de la Bella Durmiente y se llenó de valor. —Debo intentarlo —dijo—. No puede ser que este misterio no tenga fin. Se adentró en el bosque. Las zarzas, como movidas por magia, se abrieron a su paso sin hacerle daño. Llegó al portón del castillo, que crujió al abrirse. Dentro, todo parecía intacto: los cocineros dormían de pie, los perros roncaban suavemente, las doncellas estaban congeladas en medio de sus quehaceres. Subió las escaleras y llegó a la torre. Allí estaba Aurora, tendida en un lecho cubierto de terciopelo dorado. Su rostro sereno, sus labios como fresas maduras, sus pestañas largas y delicadas. Sin dudarlo, el príncipe se inclinó y la besó suavemente en los labios. En ese instante, la princesa abrió los ojos y sonrió dulcemente. —¿Eres tú? —preguntó con voz melodiosa. —He venido a despertarte, princesa —dijo el príncipe. El hechizo se rompió. Todo el castillo despertó: las cocinas volvieron a hervir, los músicos reanudaron sus melodías, los perros ladraron de alegría. Los reyes bajaron las escaleras y abrazaron a su hija con lágrimas en los ojos. Los heraldos anunciaron la gran noticia por todo el reino. La boda de la princesa Aurora y el príncipe valiente se celebró con una fiesta que duró días. Los reinos vecinos acudieron a felicitar a la joven pareja. Pero antes de casarse, Aurora quiso recorrer su reino, conocer a su pueblo y agradecer el cariño que, incluso dormida, le habían guardado. Montada en su caballo blanco, visitó aldeas, habló con pastores, jugó con niños. El príncipe la acompañaba, y pronto el pueblo los amó tanto como habían amado a sus padres. Con el tiempo, Aurora y el príncipe subieron al trono. Gobernaron con justicia, sabiduría y bondad. Bajo su reinado, el reino prosperó como nunca antes: los campos dieron abundantes cosechas, los bosques se llenaron de vida, y la paz reinó durante muchos años. Y así, la princesa que una vez durmió cien años vivió despierta el resto de su vida, rodeada de amor, esperanza y felicidad. Y todos en el reino recordaban que, a veces, los grandes males traen consigo grandes bendiciones. Y fueron felices para siempre. Preguntas de comprensión lectora
Respuestas a las preguntas de comprensión lectora
Reflexión Leer “La Bella Durmiente” es como viajar a un mundo de magia, encantamientos y valor. Es una historia que nos recuerda que el tiempo y la paciencia pueden ser parte esencial de nuestro destino, y que las adversidades pueden ser vencidas con bondad y coraje. Análisis de la moraleja La enseñanza de este cuento radica en que incluso los peores augurios pueden suavizarse con actos de bondad. Nos habla de la importancia de la prudencia, de la esperanza ante las dificultades, y de cómo el amor desinteresado y el valor pueden cambiar el curso de los acontecimientos. Preguntas para reflexionar
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