|
Categoría: Mitos Este mito pertenece a la mitología japonesa ancestral, registrado en los textos clásicos Kojiki (circa 680 d.C.) y Nihon Shoki (720 d.C.). Aunque no tiene un “autor” único en el sentido moderno, estos crónicas fueron compiladas por eruditos bajo órdenes imperial, con el fin de explicar los orígenes del mundo y legitimar a la familia imperial. Datos interesantes
Introducción, Nudo y Desenlace (resumen breve)
Personajes principales
El nacimiento de Amaterasu Hace mucho, mucho tiempo, cuando el cielo y la tierra aún estaban en su infancia, los dioses creadores Izanagi e Izanami fueron enviados a dar forma al mundo. Con una lanza sagrada, agitaron el océano y formaron las primeras islas de Japón. Luego, comenzaron a crear montañas, ríos, árboles, animales y cientos de deidades, conocidas como kami, que habitarían todos los rincones de la naturaleza. Sin embargo, su obra divina tuvo un alto precio. Cuando Izanami dio a luz al dios del fuego, sufrió graves heridas y murió. Dolorido, Izanagi decidió que no podía seguir sin ella. Así que, armado de valor, viajó al oscuro y temido mundo de los muertos, Yomi, para traerla de vuelta. Al llegar allí, Izanagi encontró a Izanami, pero ella ya había comido del alimento del inframundo y no podía regresar al mundo de los vivos. Aunque al principio le hablaba tras una cortina de sombras, Izanagi insistió en verla. Izanami le pidió que no lo hiciera, pero él, impaciente, encendió una llama y la miró. Para su horror, descubrió que su amada estaba descompuesta, con gusanos saliendo de su cuerpo. Izanagi, horrorizado, huyó mientras Izanami gritaba furiosa, enviando a espíritus oscuros tras él. Cuando por fin escapó del mundo de los muertos, Izanagi supo que había quedado impuro por su contacto con la muerte. Para purificarse, realizó un rito sagrado llamado misogi, sumergiéndose en las aguas del río Tachibana. Mientras se lavaba, comenzaron a nacer deidades de cada parte de su cuerpo. Cuando lavó su ojo izquierdo, nació una diosa de luz resplandeciente: Amaterasu, la diosa del sol. Su luz era tan brillante que iluminó todo Takamagahara, el Cielo Elevado donde vivían los dioses. Cuando Izanagi lavó su ojo derecho, nació Tsukuyomi, el dios de la luna. Sereno y misterioso, trajo calma a la noche. Y al lavar su nariz, nació Susanoo, el dios del mar y las tormentas. Era fuerte, pero su corazón estaba lleno de rabia y rebeldía. Izanagi se sintió satisfecho con la creación de sus tres hijos divinos. Les asignó una misión sagrada: —Amaterasu, tú gobernarás el cielo. Tu luz guiará al mundo. —Tsukuyomi, tú cuidarás la noche y serás la luna. —Susanoo, tú gobernarás los mares y los vientos. Amaterasu subió al cielo y comenzó a brillar, llevando el día a la tierra. Todo florecía bajo su presencia: los campos crecían, los ríos brillaban y las personas podían vivir con alegría gracias a su luz. Era una diosa amable y responsable, adorada por todos. Tsukuyomi también cumplía su tarea, aunque distante y silencioso. Sin embargo, no tardó en separarse de su hermana, pues cometió un acto cruel: mató a la diosa del alimento durante un banquete por considerar su comida impura. Amaterasu, indignada, lo expulsó de su lado y desde entonces, el sol y la luna se turnan en el cielo, sin compartirlo jamás. Pero el verdadero problema vendría de Susanoo. A diferencia de sus hermanos, él no aceptaba su misión. Lloraba, gritaba y decía que quería ir al inframundo a ver a su madre. Su comportamiento se volvió violento. Los mares se alborotaban, las tempestades surgían, y su rabia alcanzaba Takamagahara. Amaterasu, preocupada, le preguntó si sus intenciones eran puras o si venía a destruir el orden celestial. Susanoo propuso una prueba: ambos tomarían objetos del otro y los convertirían en hijos. Si de sus acciones nacían dioses buenos, sería prueba de su bondad. Amaterasu tomó la espada de Susanoo, la rompió en pedazos, la masticó y escupió, dando vida a tres diosas. Luego, Susanoo tomó las joyas de Amaterasu, las mordió y escupió, creando cinco dioses. Ambos reclamaban la victoria, pero la paz fue efímera. Poco después, Susanoo mostró su verdadera ira. En un arrebato salvaje, destrozó los campos de arroz, tapó los canales de riego, arrojó estiércol en los palacios celestiales y, lo peor de todo, lanzó el cadáver de un caballo celestial dentro del salón donde las tejedoras divinas trabajaban para Amaterasu. Una de las tejedoras murió del susto. Amaterasu, profundamente herida, llena de tristeza y temor, no pudo soportarlo más. Se retiró de todo. Caminó sola hasta una enorme cueva llamada Amano-Iwato y se encerró allí, tapando la entrada con una enorme roca. Sin la diosa del sol, el mundo quedó en oscuridad. La noche se apoderó del cielo. No crecían plantas, los animales se confundían, las personas caían en desesperación. Los demonios y espíritus malévolos comenzaban a salir de sus escondites, aprovechando la falta de luz para causar caos. Los demás dioses estaban preocupados. Sabían que sin Amaterasu, la vida misma estaba en peligro. Así que se reunieron cerca de la cueva y planearon cómo traerla de vuelta. El dios sabio Omoikane propuso realizar un ritual alegre y sorprendente para llamar su atención. Así, todos los dioses se prepararon para un evento especial. Forjaron un espejo de bronce (el Yata-no-Kagami) que reflejaba todo con perfección. Colgaron un hermoso collar de 8 joyas (Yasakani-no-Magatama) y lo colocaron junto al espejo. Pusieron un gallo a cantar para anunciar el nuevo amanecer. Entonces, la diosa Ame-no-Uzume, alegre y valiente, se subió sobre un cubo invertido frente a la cueva. Con movimientos graciosos y atrevidos, comenzó a bailar. Se sacudía, reía, y su ropa caía poco a poco. Los dioses comenzaron a reír y aplaudir. Desde dentro de la cueva, Amaterasu escuchó el alboroto. Intrigada, pensó: —¿Cómo pueden reír y alegrarse cuando el mundo está en tinieblas? Se acercó a la entrada y, al asomarse, vio algo brillante. ¡Era el espejo colgado de un árbol! Por primera vez, vio su propio reflejo. Pensó que había otra diosa aún más resplandeciente allá afuera. Fascinada, salió un poco más, intentando ver mejor. En ese momento, el dios fuerte Ame-no-Tajikarao la tomó con firmeza de la mano y la sacó por completo. Rápidamente, otro dios colocó una cuerda sagrada, shimenawa, en la entrada de la cueva, para que no pudiera volver a esconderse. El cielo se llenó de luz otra vez. Las flores se abrieron, las personas despertaron con alegría, y los demonios huyeron ante la presencia del sol. El orden regresó al mundo. Los dioses celebraron. Amaterasu, al ver cuánto la necesitaban y cómo todos se unieron para traerla de vuelta, decidió no abandonar su lugar en el cielo nunca más. Susanoo fue castigado. Le quitaron sus títulos divinos y lo expulsaron del cielo. Más adelante, en la Tierra, viviría grandes aventuras y lograría redimirse, pero eso… es otra historia. Amaterasu, en cambio, permaneció en los cielos. Desde entonces, fue adorada como la diosa del sol, la dadora de luz, y la madre espiritual de los emperadores de Japón, que dicen ser sus descendientes directos. Así termina la historia de cómo el mundo casi se quedó sin sol, y de cómo la unión, la sabiduría y el humor devolvieron la luz a todos los rincones de la Tierra Preguntas de comprensión lectora
Respuestas
Reflexión Cuando cerramos este gran cuento, podemos sentir la poderosa lección de unión entre los dioses: unimos esfuerzos, creatividad y valor para recuperar lo que perdiste. La lección moral de esta leyenda es clara: la oscuridad (ya sea tristeza, enojo o miedo) se supera con ingenio colectivo, valor, y alegría compartida. Es un recordatorio de que incluso cuando el mundo parece apagado, a veces basta una chispa de ánimo para devolver la luz. Preguntas para reflexionar
Glosario
0 Comentarios
Tu comentario se publicará después de su aprobación.
Deja una respuesta. |
Categorías
Todo
|