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Categoría: Cuentos "El lobo y los siete cabritos" es un cuento tradicional de origen europeo que fue recopilado y popularizado por los Hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, en el siglo XIX. Su primera publicación apareció en la colección "Cuentos de la infancia y del hogar" en 1812. Este relato pertenece a la rica tradición de cuentos de advertencia, cuyo propósito es enseñar a los niños a desconfiar de los desconocidos. A lo largo de los años, "El lobo y los siete cabritos" ha sido adaptado en diferentes formatos: libros ilustrados, obras de teatro para niños, cortometrajes de animación y narraciones en audio. En la actualidad existen más de 30 adaptaciones modernas en distintos idiomas, lo que demuestra su vigencia y universalidad. Datos interesantes
Breve descripción de la historia Introducción: Una cabra madre debe salir al bosque a buscar alimento, dejando a sus siete cabritos en casa. Les advierte que no deben abrir la puerta a nadie, sobre todo al lobo feroz que anda por la zona. Nudo: El lobo, astuto y decidido, engaña a los cabritos imitando la voz de su madre y disimulando sus patas negras para hacerlas parecer blancas. Engañados, los cabritos abren la puerta, y el lobo se los devora, excepto al más pequeño, que logra esconderse. Desenlace: Cuando la madre cabra regresa, descubre la tragedia. Junto al cabrito sobreviviente, busca al lobo dormido, lo abre con unas tijeras, rescata a sus hijos y rellena el vientre del lobo con piedras. Cuando el lobo despierta y va a beber agua, cae en un pozo y muere. Descripción de los personajes principales
El lobo y los siete cabritos Había una vez, en un pequeño bosque bordeado de prados verdes y cielos azules, una dulce cabra que vivía en una acogedora casita de madera junto a sus siete pequeños cabritos. La madre era amorosa y siempre estaba atenta a sus hijos, pues en aquella región merodeaba un lobo feroz conocido por su malicia y su astucia. Una mañana, la madre cabra reunió a sus siete cabritos en la sala y les dijo con voz seria: —Queridos míos, debo salir al bosque a buscar alimento. Mientras no estoy, cerrad bien la puerta y no la abráis a nadie. Tened mucho cuidado con el lobo. Él es muy astuto y puede disfrazarse con tal de engañarlos. Si lo dejáis entrar, os devorará a todos sin piedad. —¡No te preocupes, mamá! —dijeron al unísono los cabritos—. Seremos cuidadosos y no abriremos a nadie. —Recordad —añadió la madre cabra—, aunque quiera engañaros, el lobo tiene una voz ronca y sus patas son negras como el carbón. Podréis reconocerlo fácilmente. La cabra besó a cada uno de sus pequeños y salió al bosque en busca de comida fresca. No había pasado mucho tiempo cuando alguien llamó a la puerta. —Abrid, queridos hijos. Soy vuestra madre y he vuelto con regalos deliciosos del bosque —dijo una voz grave y áspera. Los cabritos se miraron entre sí. El cabrito mayor se acercó a la puerta y preguntó con desconfianza: —No eres nuestra madre. Su voz es dulce y suave, y la tuya es ronca. ¡Eres el lobo! Al escuchar esto, el lobo se alejó furioso. Fue a comprar un gran trozo de tiza y la comió para suavizar su voz. Luego regresó a la casa y llamó de nuevo. —Abrid, pequeños míos. Soy vuestra madre y he vuelto a casa. Pero al asomarse por la rendija, los cabritos vieron sus patas negras. —¡No eres nuestra madre! —gritaron—. Sus patas son blancas como la nieve. ¡Eres el lobo! Furioso, el lobo corrió a la panadería y le pidió al panadero un poco de harina. Sumergió sus patas en harina blanca para hacerlas parecer patas de cabra. Después de asegurarse de que su voz era suave y sus patas blancas, regresó una vez más a la cabaña. —Abrid, hijitos míos. Soy vuestra madre. Mirad mis patas blancas. Los cabritos, al ver las patas cubiertas de harina y escuchar la voz dulce, pensaron que de verdad era su madre. Así que abrieron la puerta de par en par. ¡Pero qué terrible error cometieron! Apenas entró, el lobo abrió sus fauces y uno por uno devoró a seis de los cabritos. El más pequeño, por suerte, se había escondido dentro de un gran reloj de pared y no pudo ser encontrado. Satisfecho y con la barriga llena, el lobo salió de la casa, se echó bajo un árbol y se quedó profundamente dormido. Poco después, la madre cabra regresó del bosque con una cesta llena de comida. Pero la alegría en su rostro se desvaneció al ver la puerta abierta, la sala desordenada y ningún cabrito a la vista. —¡Hijos míos! ¿Dónde están? —gritó angustiada. El cabrito menor salió de su escondite y llorando contó todo lo que había sucedido. La madre, con el corazón hecho pedazos, corrió con su hijo al campo en busca del lobo. Lo encontraron dormido, roncando pesadamente bajo un árbol. Su enorme panza se movía de arriba abajo con cada ronquido. —Quizá aún estén vivos en su interior —dijo la madre con esperanza. Sacó unas tijeras que llevaba en su cesta y cuidadosamente abrió el vientre del lobo. ¡Y qué milagro! Los seis cabritos saltaron afuera, sanos y salvos. Se abrazaron a su madre con alegría y lloraron de felicidad. —Ahora, busquemos grandes piedras —ordenó la madre—. Vamos a llenar su estómago con ellas para que no vuelva a hacernos daño. Los cabritos trajeron pesadas rocas que metieron en el vientre del lobo. Luego, la madre cosió el corte con hilo y aguja, dejando todo como si nada hubiera pasado. Cuando el lobo despertó, tenía mucha sed. —¡Qué pesadez siento! ¿Será que los cabritos se han endurecido en mi panza? —se preguntó mientras caminaba hacia el pozo. Al inclinarse para beber agua, el peso de las piedras hizo que perdiera el equilibrio y cayera dentro del pozo, donde se ahogó sin remedio. Los siete cabritos y su madre bailaron de alegría. Desde ese día, vivieron felices, alertas y siempre recordando la lección de no confiar en extraños. Preguntas de comprensión lectora
Respuestas a las preguntas de comprensión lectora
Reflexión Este cuento nos recuerda la importancia de escuchar los consejos de quienes nos cuidan. La madre cabra actuó con sabiduría al advertir a sus hijos del peligro del lobo, pero los pequeños desobedecieron y estuvieron a punto de sufrir las terribles consecuencias. La moraleja nos enseña que debemos ser precavidos y no confiar fácilmente en desconocidos, incluso si aparentan ser inofensivos o familiares. La astucia y la maldad pueden disfrazarse de muchas formas para engañar a los desprevenidos. Preguntas para reflexionar
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