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Categoría: Leyendas En la histórica colonia El Miraval de Cuernavaca, Morelos, se encuentra un estrecho pasaje empedrado de unos 200 m, conocido como el Callejón del Diablo. Su elemento más llamativo es el Puente del Diablo o “Telpochhuhueco” (“el viejo siempre joven”), construido en el siglo XVI, según el códice municipal cuernavacense, posiblemente por órdenes de Hernán Cortés tras un extraño evento milagroso. Datos interesantes
Breve resumen de la historia Introducción Durante la conquista, Domingo de 1521 aproximadamente, Hernán Cortés y su caballo “Rucio” estaban siendo perseguidos por guerreros tlahuicas cerca de Cuernavaca. Nudo Al toparse con una barranca de unos 5 m, imposible de cruzar, Cortés invoca al Diablo. De pronto, su caballo logra saltar el precipicio como si tuviera alas, salvándole la vida. Desenlace En agradecimiento, Cortés mandó construir un puente sobre la barranca. A partir de ese instante, el lugar se conoció como Puente o Callejón del Diablo; con el tiempo, surgieron relatos paranormales que añadieron misterio al sitio Personajes principales
El callejón del diablo Cuernavaca siempre ha tenido algo mágico. Entre sus calles empedradas, sus casonas coloniales y el murmullo eterno de los árboles, hay rincones que parecen fuera del tiempo. Uno de ellos es el Callejón del Diablo, en la colonia El Miraval, donde el viento silba como si tuviera algo que decir... o alguien que recordar. La leyenda nace siglos atrás, en tiempos de la conquista. Se dice que en ese lugar, alguna vez, Hernán Cortés cabalgó desesperado, perseguido por la furia indígena. Pero lo que ocurrió allí no fue solo historia. Fue algo más. Algo que todavía hoy, cuando cae la noche, sigue palpitando entre las piedras del viejo callejón. I. El camino de la sangreEra una tarde sofocante del año 1521. Hernán Cortés había avanzado con sus hombres desde Tenochtitlán hasta las fértiles tierras de Cuernavaca, buscando controlar los caminos que llevaban al sur. Lo acompañaban sus soldados, y por supuesto, su caballo favorito: Rucio, un alazán fuerte y veloz como el viento. Pero la tierra no los recibió con brazos abiertos. Los guerreros tlahuicas, guardianes ancestrales del lugar, se alzaron en armas. Cortés, confiado, decidió avanzar. Lo que no sabía era que lo estaban esperando, listos para emboscarlo en uno de los tantos desfiladeros ocultos por la maleza. La batalla fue breve y feroz. El polvo se mezcló con el sudor y la sangre. Cortés logró escapar, pero varios de sus hombres cayeron. Solo, herido y desorientado, se internó en una vereda rodeada de árboles, donde la sombra parecía más densa y el silencio más profundo. Allí comenzaría la leyenda. II. El barranco y la promesaRucio galopaba veloz, esquivando ramas y piedras. Cortés, tambaleante, escuchaba los gritos de los tlahuicas acercándose. Y entonces lo vio: un barranco enorme, de más de cinco metros de ancho, que cortaba el camino como un tajo de gigante. El conquistador tiró de las riendas. Rucio relinchó y frenó en seco. No había forma de cruzar. A su espalda, los tambores de guerra. Al frente, el abismo. Cortés, en ese instante, no recurrió a Dios. Quizás ya no le quedaban esperanzas. Quizás la desesperación lo hizo ver hacia otro lado. Lo cierto es que, según cuentan, alzó la mirada al cielo y gritó: —¡Si salgo de esta, te entrego mi alma, Diablo! Y entonces ocurrió lo imposible. Rucio relinchó con una fuerza sobrehumana. Sus ojos brillaron como brasas. Las patas traseras se apoyaron en la tierra y con un impulso que retumbó entre los árboles, el caballo y su jinete se elevaron en el aire. Dicen que Cortés no vio el suelo bajo él. Solo una ráfaga roja, como si el viento lo empujara. Otros aseguran que, por un segundo, el caballo tuvo alas. Y cuando cayeron del otro lado, sanos y salvos, Cortés entendió que el Diablo había cumplido su parte. III. El pacto selladoEl conquistador desmontó y cayó de rodillas. Respiraba agitado, y el sudor le corría por la frente. En el aire, un olor a azufre. Dicen que escuchó una risa, lejana, burlona, que parecía salir de las grietas del barranco. Una voz profunda le susurró: —Nos veremos de nuevo, don Hernán. Después de eso, Cortés regresó a su campamento. Nunca contó lo ocurrido. Pero días más tarde, mandó construir un puente justo en ese sitio. Una obra de piedra sólida, de más de 20 metros de altura, que uniría los dos extremos de la barranca. Muchos se preguntaron por qué levantar un puente allí, en medio de la nada. Cortés solo dijo que era necesario. Pero los más ancianos supieron la verdad: quería cerrar el lugar donde se había encontrado con el Diablo. IV. Las aparicionesLos años pasaron. El puente quedó, y con el tiempo, también el camino de piedra que lo cruzaba: un callejón estrecho, envuelto en maleza y sombras. La gente comenzó a llamarlo “El Callejón del Diablo”, no solo por la leyenda de Cortés, sino por lo que empezó a suceder allí. Pastores que pasaban al anochecer juraban ver a un hombre alto, de traje negro, sentado sobre el barandal del puente. Un hombre sin rostro... o con cuernos. O ambos. Algunos decían que era un espíritu burlón que les lanzaba piedras. Otros, que escuchaban susurros, risas, o pasos que no eran suyos. Una mujer, de nombre Doña Remedios, aseguró que una noche su hijo se perdió y lo encontró dormido justo bajo el puente. Cuando lo despertó, él le dijo: “Mamá, el señor me cantó para que no tuviera miedo”. Pero no había nadie. V. La advertencia del viejoEn la década de 1940, un vigilante del barrio de El Miraval —don Laureano— se encargaba de recorrer el callejón por las noches. Lo hacía por costumbre, por valor... o por necedad. Una madrugada, cerca de las tres, escuchó un murmullo detrás de él. Se volteó. Nada. Caminó unos pasos más. El murmullo volvió. Esta vez, una carcajada. Se giró de nuevo y lo vio: una figura negra, con capa larga, parada justo al final del puente. No tenía rostro. No tenía sombra. Don Laureano se persignó, sacó un rosario y gritó: —¡En el nombre de Dios! Y la figura se desvaneció como humo. Desde entonces, don Laureano jamás volvió a cruzar el callejón de noche. Dijo que no era miedo. Era respeto. “Donde camina el Diablo —decía—, uno debe mirar al suelo y guardar silencio.” VI. El Callejón hoyHoy, el Callejón del Diablo sigue allí, entre casas modernas y muros grafiteados. El puente de piedra sigue en pie, orgulloso y viejo, como un centinela. Durante el día, hay músicos que tocan con guitarras viejas, lectores de tarot que ofrecen saber tu futuro, turistas que buscan un selfie. Pero cuando cae la noche, pocos se atreven a caminarlo solos. Los árboles se inclinan. El viento sopla raro. Y, a veces, muy de vez en cuando, alguien cree escuchar un relincho lejano, o una voz profunda que susurra: —Te estaba esperando… Porque las leyendas nunca mueren. Solo duermen, esperando que alguien más las despierte. Preguntas de comprensión
Respuestas
Reflexión a) Cierre Este relato nos sumerge en la mezcla de historia y magia que caracteriza a Cuernavaca. El Callejón del Diablo, más que un lugar, es un testigo de un pasado lleno de creencias, miedos y un puente que une el mundo real con lo sobrenatural. b) Lección moral La leyenda nos enseña que, incluso en situaciones imposibles, la fe (o el miedo) puede generar relatos que trascienden generaciones. También nos habla de la influencia del entorno: un puente, un viento misterioso, un salto milagroso... y nace una historia imperecedera. c) Preguntas para reflexionar
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